Wow! casi un mes! la mayoría de veces cuando pasa esto es porque no tengo tiempo o palabras para escribir, lo contradictorio de la situación es que tengo dos temas pendientes y en un par de ocasiones en las que no estoy enfrente de un computador he pensado en cosas para escribir acá. Luego habrá oportunidad para expandir la meta-narrativa de porqué no escribo tan a menudo como debiera. Hoy es tiempo de hablar de las bicicletas!
Las personas que vivimos en Bogotá estamos familiarizadas con el horror que representa el sistema de transporte público; a pesar de ser una ciudad de 7 millones de personas, capital del país y según algunas personas una de las ciudades más importantes al menos del norte de Sudamérica, no tenemos un estúpido sistema de metro, en vez de eso tenemos un sistema de buses que tienen sus propias e inescrutables reglas, que pasa cuando se le da la gana y por donde se le da la gana. En estos buses, algunos extremadamente viejos pero “repotenciados” y otros diseñados para acomodar a 40 personas con el mínimo espacio humanamente necesario, se suben por lo menos dos personas a mendigar, trabajar, vender, cantar (como quiera llamarlo), en un viaje de 30 minutos, existen altas probabilidades de robo de billeteras o celulares por la misma congestión, o de ser propiamente atracado junto con todos los pasajeros con complicidad directa del chofer. Sin embargo, nuestros gobernantes por los que la gente se empeña en seguir votando nos regalaron un sistema alternativo: Transmilenio. Un sistema que pasa cuando puede recoger la cantidad máxima de pasajeros posible y va exactamente tan rápido como necesita para recoger la máxima cantidad de pasajeros posibles, sobre vías que deben ser reconstruidas en su totalidad pero sólo cuando sea absolutamente necesario, y de alguna manera siete millones de idiotas creen que es mejor que un metro!
O siempre podría comprar un carro, ya saben, como otras 3 millones de personas que atraviesan las horribles vías y salen todas al mismo tiempo tapándolas, no es como si el petróleo se fuera a acabar, o la gasolina no estuviera tan cara que ni siquiera los congresistas pueden pagarla….
Si esto parece una descarga de odio es porque efectivamente lo es, y es una descarga de odio muy popular en los círculos en los que me muevo, de hecho en Bogotá no se inicia conversación hablando del clima, sino hablando del terrible transporte. Y sin embargo la gente que tanto habla sigue cogiendo sus buses, embutiéndose en sus transmilenios y metiéndose en préstamos para comprar sus carros (y votando, por supuesto, pero éso es otro problema).
Yo decidí que era suficiente y que no iba a seguirme quejando como la gente, así que empecé a ir a la oficina en bicicleta, en la medida en la que mi débil humanidad me lo ha permitido, que son como tres veces a la semana, debo confesar que no es una gran distancia, 50 cuadras de ida y 50 de regreso, y que me ha ayudado grandemente la cicloruta, lo cual quiere decir que es efectivamente fácil, lo que no ha sido fácil es pasar cada mañana enfrente de la bicicleta y decidir que hoy no voy a cojer bus, y aún más difícil salir en la noche y coger la bicicleta de regreso en vez de dejarla en el parqueadero; es principalmente una cuestión de disciplina. El viaje en sí es muy cómodo, y con eso quiero decir que no hay muchos sobresaltos, no me tengo que meter a la calle en ningún momento, y prácticamente todo el recorrido se hace en la cicloruta. Aparte de mi precario estado físico lo único que me ha molestado es que los carros acostumbran girar en doble carril y sin direccionales y algunos de ellos incluso tratan de intimidarlo a uno, pero en realidad así es como se conduce en este país, esa bravuconería es uno de nuestros hábitos más arraigados, uno de esos que me hace concluir que simplemente no somos un pueblo pacífico, pero eso de nuevo es otro tema.
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